Fuertes fenómenos

El terremoto y maremoto de 1946 que cambió para siempre la historia del noreste dominicano

En la Zona Colonial, la iglesia de Las Mercedes sufrió grietas profundas, el campanario del Real Convento de los Dominicos quedó destruido y las ruinas del Monasterio de San Francisco se desplomaron bajo montones de piedras

Maremoto 1946 en RD
Maremoto 1946 en RD

El 4 de agosto de 1946, a la una de la tarde, un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter sacudió gran parte del territorio nacional, causando graves daños en la capital (entonces llamada Ciudad Trujillo) y en las comunidades costeras de Matanzas y Nagua, donde la destrucción fue total.

La violenta sacudida, descrita por observadores internacionales como “uno de los más violentos movimientos sísmicos de que se tenían noticias”, provocó el colapso de edificaciones públicas y viviendas particulares. En la Zona Colonial, la iglesia de Las Mercedes sufrió grietas profundas, el campanario del Real Convento de los Dominicos quedó destruido y las ruinas del Monasterio de San Francisco se desplomaron bajo montones de piedras.

Aunque los periódicos de la época no reportaron muertes ni heridos, el férreo control del régimen de Trujillo sobre los medios de comunicación impide descartar víctimas. La magnitud del desastre obligó a miles de capitaleños a abandonar sus hogares y pernoctar en plazas y espacios abiertos por temor a nuevas réplicas, que se prolongaron hasta la noche.

Las villas costeras fueron las más golpeadas. En Matanzas, las aguas del mar penetraron violentamente, arrasando viviendas y comercios. En Nagua (Julia Molina) no quedó una sola casa en pie. También se reportaron daños en Moca, Santiago, San Francisco de Macorís y poblados del Noroeste. En Higüey, el templo que albergaba la imagen de la Virgen de la Altagracia quedó en estado crítico, obligando a trasladar la venerada patrona.

El sismo fue el cuadragésimo tercero registrado en la isla desde la llegada de los conquistadores españoles. En aquel entonces, la República Dominicana carecía de recursos humanos y tecnológicos para medir la intensidad de los movimientos telúricos, por lo que los datos fueron transmitidos vía telegráfica desde estaciones sismológicas en Estados Unidos, Puerto Rico y Cuba.

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