12-2-2026
De la pluma del periodista, Julio Disla, nuestra nota Editorial
Por más de seis décadas, Cuba ha vivido bajo una forma de asedio que muta, se sofistica y se endurece, pero no desaparece. El recrudecimiento del bloqueo de Estados Unidos no es un hecho aislado ni una anomalía coyuntural: es la continuación de una política histórica de hostigamiento sistemático contra un pueblo que decidió ser soberano. En esa persistencia del cerco resuena con fuerza el poema–canción “Me acosa el carapálida” de Silvio Rodríguez, una metáfora lúcida del imperialismo que no descansa, que no tolera la autonomía ajena y que convierte el acoso en método de dominación.

El “carapálida” no es solo un personaje poético. Es una estructura de poder. Es el imperio que acosa “por el norte y por el sur”, que se arroga el derecho de dividir el sol —la vida misma— entre “hora de metralla y hora de dolor”. Hoy ese acoso se expresa en sanciones financieras más duras, persecución a terceros países y empresas, restricciones al acceso a combustibles, alimentos, medicamentos y tecnologías esenciales. No es una política contra un gobierno: es una agresión directa contra la vida cotidiana de once millones de personas.
El bloqueo intenta arrebatarlo todo: la tierra, el agua, el aire. La tierra, cuando impide inversiones, créditos y comercio para producir alimentos y desarrollar la agricultura. El agua, cuando limita insumos para sistemas hidráulicos y energéticos. El aire, cuando corta rutas, encarece el transporte, bloquea vuelos, ahoga el intercambio científico y cultural. Es un cerco integral, diseñado para producir cansancio, frustración y desesperanza. Un castigo colectivo que viola principios elementales del derecho internacional y de la ética política.
ero como en el texto de Silvio, frente al despojo hay una respuesta que no se negocia: “yo soy mi tierra, mi agua, mi aire, mi fuego”. Cuba ha resistido no por romanticismo, sino por conciencia histórica. La Revolución cubana entendió desde temprano que la soberanía no se delega ni se mendiga. Se defiende. Y se defiende incluso cuando el costo es alto, cuando el cerco se vuelve asfixiante y cuando el enemigo apela al engaño vil, a las “cuentas de colores”, a las falsas promesas de prosperidad condicionada a la renuncia de la dignidad.
El recrudecimiento actual del bloqueo revela también otra dimensión del acoso: la cultural y simbólica. No basta con estrangular la economía; hay que imponer una “forma de ver”, una estética, un relato único del éxito y del progreso. Se intenta ungir el alma de los pueblos “con tuercas de robot”: despolitizar, deshumanizar, reducir la vida a consumo y obediencia. Cuba, con todas sus contradicciones y dificultades, sigue siendo una herejía viva frente a ese modelo. Por eso molesta. Por eso se castiga.
La guerra contra Cuba es “sutil” hasta que deja de serlo. Se disfraza de sanciones administrativas, de listas arbitrarias, de tecnicismos financieros. Pero sus efectos son brutales. Es una guerra económica que busca producir una “muerte colosal” sin disparar un solo misil. Una guerra que se ensaña con un país pequeño para enviar un mensaje subliminal al resto del mundo: quien desafíe el orden impuesto pagará un precio.
Sin embargo, la historia demuestra que el acoso permanente no garantiza la victoria del agresor. El “carapálida” acosa porque no logra doblegar. Acosa porque teme el ejemplo. Acosa porque sabe que, pese a todo, Cuba sigue siendo un referente de dignidad para los pueblos que se resisten a ser patio trasero de nadie.
El bloqueo recrudecido es, en el fondo, la confesión del fracaso de una política. No logró derrocar la Revolución, no logró quebrar la voluntad popular, no logró borrar la idea de que otro mundo es posible. Frente a ese fracaso, el imperio redobla el castigo. Pero también redobla la razón moral de quienes exigen su fin.
Como dice el poema, llegará el momento en que “todos juntos le demos su lugar” al acosador. Ese lugar no es el de la dominación, sino el de la historia juzgada. Porque ningún bloqueo es eterno. Lo que sí perdura es la memoria de los pueblos que resistieron. Y Cuba, acosada pero al pie del cañón, y en la primera fila del combate, sigue escribiendo la suya con tierra, agua, aire y fuego.
