EDITORIAL
DE LA PLUMA DEL PERIODISTA, JULIO DISLA
Fuente: DE AHORA
Por Julio Disla
Las leyendas nunca mueren. Ellas no pertenecen al calendario de los vencedores circunstanciales, sino a la memoria larga de los pueblos. Pueden ser perseguidas, calumniadas, secuestradas o dadas por muertas en titulares de ocasión, pero siguen respirando en la conciencia colectiva, allí donde el poder real nunca logra entrar del todo.
En la política contemporánea —saturada de operaciones psicológicas, propaganda y chantaje mediático— se ha intentado imponer la idea de que derrotar a una persona equivale a derrotar un proyecto histórico. Es un error de cálculo recurrente. Las leyendas no son individuos aislados; son condensaciones simbólicas de procesos sociales, de esperanzas acumuladas, de luchas que exceden a sus protagonistas.
Por eso el secuestro, la amenaza o la intriga no clausuran nada. Al contrario: revelan el miedo del agresor. Cuando el poder imperial necesita fabricar relatos de traición, sembrar sospechas internas o presentarse como tutor de pueblos que no controla, lo que exhibe es su incapacidad para gobernar realidades que no comprende. El dominio real no se anuncia; se ejerce. Y cuando debe ser proclamado a gritos, es porque no existe.
Las leyendas sobreviven porque no se sostienen en la fuerza bruta, sino en una legitimidad social que no puede ser bombardeada ni sancionada. Podrán silenciar radares, manipular monedas, cerrar mercados o dictar sanciones, pero no pueden ocupar la memoria. Allí, cada intento de humillación se transforma en relato; cada amenaza, en pedagogía política; cada agresión, en prueba histórica.
En América Latina lo sabemos bien. Creyeron haber enterrado a Hugo Chávez y su nombre siguió pronunciándose en las barriadas, en los cuarteles, en las urnas y en la calle. Hoy creen que aislando o secuestrando a Nicolás Maduro pueden clausurar el chavismo, como si los procesos sociales fueran interruptores que se apagan desde Washington. No entienden que los movimientos históricos no se desactivan con comunicados.
Las leyendas incomodan porque desmienten la narrativa del fin de la historia. Recuerdan que los pueblos no son piezas pasivas del ajedrez geopolítico, que resisten, aprenden y se reconfiguran. Por eso el poder necesita convertir la política en espectáculo, reducirlo todo a rumores, a traiciones inventadas, a supuestas colaboraciones forzadas. Es la única manera de ocultar que no controla lo esencial: el sentido.
Decir que una leyenda ha muerto es un acto de fe del opresor, no una constatación histórica. Es el deseo de quien necesita cerrar el relato antes de que los hechos lo desmientan. Pero la historia es terca: cada vez que se anuncia la muerte de una leyenda, comienza otra etapa de su existencia.
Porque las leyendas no mueren.
Se transforman, se multiplican y regresan.
Y cuando lo hacen, ya no pertenecen a un hombre o a un cargo,
sino a un pueblo entero que aprendió a no rendirse.
