EDITORIAL
De la pluma del profesor, Alberto Blanco
5-1-2026
El 2026 nos recibe con la fuerza de un amanecer que ilumina nuestras raíces y proyecta nuestros sueños. Cada año nuevo es más que un calendario: es un compromiso renovado con la memoria, la familia y la patria.
Hoy reafirmamos que la unión es nuestra mayor fortaleza. Que los árboles sembrados ayer —como los pinos que crecen en La Manacla— son símbolo de continuidad y legado. Que la justicia no es un ideal lejano, sino una exigencia presente que debemos defender con voz clara y acción firme.
Este año nos convoca a:
- Fortalecer la identidad colectiva, celebrando nuestras raíces familiares y comunitarias.
- Movilizar la conciencia ciudadana, denunciando la injusticia y exigiendo transparencia.
- Construir alianzas inclusivas, donde cada voz tenga espacio y cada sueño encuentre camino.
- Transformar la memoria en acción, porque recordar es también comprometerse con el futuro.
El inicio del 2026 nos encuentra en un escenario cargado de simbolismo y tensión. Mientras los pueblos celebran la esperanza de un nuevo año, la región latinoamericana enfrenta hechos que marcan un giro histórico. La reciente extracción del presidente Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, bajo la orden del presidente Trump, ha colocado a Venezuela en el centro del debate internacional y ha encendido las alarmas sobre el futuro de la democracia en nuestro continente.
Este acontecimiento, más allá de sus implicaciones inmediatas, nos obliga a reflexionar sobre la fragilidad de las instituciones políticas y la necesidad urgente de fortalecerlas. La democracia no se sostiene en discursos aislados ni en voluntades individuales: requiere partidos sólidos, transparentes y éticos, capaces de canalizar las aspiraciones ciudadanas y resistir las tentaciones autoritarias.
En República Dominicana y en toda América Latina, los partidos deben dejar de ser simples maquinarias electorales para convertirse en verdaderas escuelas de ciudadanía. Son ellos quienes garantizan representación real, formación de liderazgos y defensa de la institucionalidad. Cuando se debilitan, la democracia se convierte en rehén del poder y la sociedad pierde su voz.
La prolongada crisis venezolana es un espejo que refleja lo que ocurre cuando las instituciones se erosionan y la política se divorcia de la ética. La extracción de Maduro abre interrogantes sobre soberanía, legitimidad y derechos humanos, pero también nos recuerda que la estabilidad de un país afecta a toda la región. Millones de venezolanos han emigrado buscando dignidad, y su destino es ahora parte de nuestra responsabilidad colectiva.
La República Dominicana, comprometida con la justicia y la solidaridad, tiene la oportunidad de ser puente en este proceso. Nuestra voz debe alzarse para exigir respeto a la soberanía, pero también para defender los derechos humanos y la dignidad de los pueblos. El inicio de este año nos convoca a:
- Fortalecer nuestras organizaciones políticas como garantía de democracia.
- Movilizar la conciencia ciudadana contra la corrupción y la injusticia.
- Asumir los desafíos internacionales con responsabilidad ética y visión regional.
El 2026 no puede ser un año de indiferencia. Debe ser el año en que la esperanza se convierta en justicia, y la justicia en paz. La democracia está a prueba, y nuestra respuesta definirá el legado que dejaremos a las próximas generaciones.
Que el 2026 sea el año en que la esperanza se transforme en justicia, y la justicia en paz. Que cada paso que demos sea un puente hacia la dignidad y la unidad.
