En la Tierra hay un infierno: se llama Gaza

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Por Julio Disla

La historia juzgará con severidad a quienes, teniendo el poder para detener la tragedia, optaron por el silencio, la complicidad o la indiferencia. En pleno siglo XXI, cuando la humanidad dispone de tecnologías capaces de explorar el universo y producir riquezas inimaginables, existe un territorio donde la vida ha sido reducida a una lucha desesperada por sobrevivir. Ese territorio es la Franja de Gaza.

Más de mil días de destrucción, muerte, desplazamientos forzados y hambre han convertido a Gaza en el mayor símbolo contemporáneo del fracaso moral del llamado “orden internacional”. Mientras las grandes potencias hablan de democracia, derechos humanos y legalidad internacional, el pueblo palestino continúa soportando una ofensiva militar que ha devastado ciudades enteras, hospitales, escuelas, universidades y la infraestructura indispensable para la vida.

No se trata únicamente de una guerra. Se trata de una tragedia humana cuya magnitud ha llevado a numerosos organismos internacionales, expertos y organizaciones de derechos humanos a denunciar posibles crímenes de guerra y a reclamar investigaciones sobre las acciones de las partes involucradas. Entretanto, miles de civiles, entre ellos mujeres, niños y ancianos, continúan pagando el precio más alto.

La superioridad militar israelí resulta abrumadora. Se trata de uno de los ejércitos tecnológicamente más avanzados del planeta, respaldado política, económica y militarmente por Estados Unidos y otras potencias occidentales. Además, desde hace décadas es ampliamente aceptado que Israel posee un arsenal nuclear no declarado oficialmente, una realidad que salió definitivamente del terreno de las sospechas cuando Mordejai Vanunu reveló información sobre el programa nuclear israelí en 1986, hecho que le costó el secuestro, un juicio y dieciocho años de prisión.

La devastación de Gaza tampoco puede analizarse al margen de la geopolítica. Su ubicación estratégica sobre el Mediterráneo oriental y la existencia de importantes reservas de gas natural frente a sus costas convierten ese territorio en una pieza de enorme valor económico y energético. Diversos analistas sostienen que el control de esos recursos constituye uno de los factores que alimentan el conflicto, junto con las aspiraciones territoriales y de seguridad que enfrentan a israelíes y palestinos desde hace décadas.

Mientras tanto, la población civil vive atrapada entre las bombas, el hambre y las enfermedades. La destrucción del sistema sanitario ha dejado a cientos de miles de personas prácticamente sin atención médica. Las advertencias de organismos humanitarios sobre el riesgo de epidemias reflejan el colapso de las condiciones básicas de supervivencia. La falta de agua potable, alimentos, medicamentos y refugio convierte cada día en una condena colectiva.

Los cuatro jinetes del Apocalipsis parecen haber descendido sobre Gaza. La guerra destruye los hogares; el hambre consume lentamente a la población; las enfermedades encuentran terreno fértil entre los desplazados, y la muerte se convierte en una presencia cotidiana.

Pero el drama de Gaza no es solamente una tragedia palestina. Es también la bancarrota ética de un sistema internacional que aplica una doble moral según los intereses geopolíticos de las grandes potencias. Las mismas naciones que invocan el derecho internacional para sancionar a unos gobiernos guardan silencio cuando sus aliados son señalados por violaciones graves del derecho humanitario. Esa selectividad erosiona la credibilidad de las instituciones multilaterales y alimenta la percepción de una justicia internacional desigual.

Frente a esta realidad, la solidaridad con el pueblo palestino deja de ser únicamente una posición política para convertirse en un imperativo ético y humanitario. Defender el derecho de Palestina a vivir en paz, con seguridad y dignidad, no significa negar el derecho de Israel a la seguridad; significa afirmar que ninguna razón de Estado puede justificar el sufrimiento indiscriminado de la población civil ni la destrucción sistemática de las condiciones que hacen posible la vida.

Mientras exista un niño que muera de hambre bajo los escombros, una madre que no encuentre medicamentos para salvar a su hijo, un anciano obligado a abandonar por enésima vez su hogar o un pueblo entero condenado a sobrevivir sin agua, alimentos ni esperanza, la conciencia de la humanidad permanecerá herida.

Porque el verdadero infierno no es una metáfora religiosa.

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